La industria automotriz mexicana luce hoy como una de las más importantes del país, con modernas agencias y amplias redes de distribución. Sin embargo, hace más de un siglo la venta de vehículos era una actividad muy distinta, impulsada principalmente por familias emprendedoras que exhibían automóviles en la calle y operaban desde locales modestos.
Durante las primeras décadas del siglo XX, la llegada de Ford marcó el inicio de una nueva etapa para la movilidad en México. Los distribuidores de la marca desempeñaron un papel esencial para acercar los automóviles a una población que apenas comenzaba a familiarizarse con este medio de transporte.
Las primeras agencias funcionaban en espacios reducidos y, en muchos casos, sin infraestructura especializada. Los vehículos permanecían expuestos a la intemperie mientras los propietarios ofrecían combustible, refacciones y servicios básicos en pequeños establecimientos.
Agencias de autos impulsaron la expansión de Ford
Fotografías históricas conservadas por Ford muestran cómo operaban estos negocios. Una de las imágenes más representativas corresponde a la distribuidora de la familia Sánchez en Toluca, que en 1919 comercializaba automóviles directamente sobre la vía pública. Otra captura documenta una agencia ubicada en el centro histórico de Morelia hacia 1938, donde el Mercury Eight se convirtió en una de las principales novedades del mercado.
A pesar de los desafíos económicos de la época, incluidos los efectos de la Gran Depresión y las restricciones derivadas de la Segunda Guerra Mundial, numerosos distribuidores lograron mantenerse activos y consolidar empresas de largo plazo.
La profesionalización de la red comenzó después de 1945. Con el fin de la guerra surgieron organismos dedicados a fortalecer la representación de los distribuidores. En 1950 nació el Consejo Nacional de Distribuidores Ford y Lincoln-Mercury, antecedente directo de la actual Asociación Mexicana de Distribuidores Ford.